Un día decidí que quería ser
cantante. En la primera sesión, el profesor de canto me dijo: tiene
usted poca voz, pero muy desagradable. Dejé, pues, la canción y probé
con la guitarra. Ni una semana llevaba cuando mis vecinos me regalaron
un libro, Cómo superar la crisis de los cuarenta sin caer en el ridículo .
Entendí la indirecta y colgué la guitarra. Entonces me hice la
inevitable pregunta: si no soy cantante, ni músico, ni futbolista de
élite, ni escritor de éxito, ni sirvo para profesor ni para albañil ni
para taxista, para qué coño he venido yo a este mundo.