Hace muchos años, un gran amigo, al que tanto quería y del que tanto aprendí, me dijo un día de esos en los que los intensos sentimientos de la adolescencia te hacen creer que el mundo se te viene encina, una frase que quizás habréis oído: "Tiene solución, entonces ¿De qué te preocupas? No tiene solución, entonces ¿Para qué te preocupas?"